sábado, 4 de abril de 2026

Guerra en Irán, temporada 1: Trump 0 – Irán 1 por Alain de Benoist

 URL original: https://www.revue-elements.com/guerre-en-iran-saison-1-trump-0-iran-1/



Por Alain de Benoist

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

Más acostumbrado a los campos de golf que al golfo Pérsico, Donald Trump había empezado por presentar la guerra contra Irán como una «pequeña excursión». Poco conocido por su paciencia estratégica, quería actuar con rapidez. Los objetivos iniciales eran la caída del régimen islámico y la destrucción total de sus capacidades militares. Cuatro semanas después del inicio de las hostilidades, nada de eso ha sucedido.

Los iraníes han tomado el control del estrecho de Ormuz, y sus costas, de 1 600 kilómetros de longitud, están repletas de misiles, drones y lanchas rápidas. Los hutíes de Yemen amenazan a su vez con cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb, que bloquea el acceso al mar Rojo. En el Líbano, donde hay un millón de desplazados (uno de cada diez habitantes), los israelíes no ocultan su intención de ocupar militarmente el sur del país hasta el río Litani. El precio del crudo ha superado los 100 dólares por barril, una subida de la que el principal beneficiario es Vladimir Putin. Los países europeos, a los que la Comisión Europea ha obligado a prescindir de los hidrocarburos rusos, se enfrentan a una escasez de gas y petróleo que provoca una subida vertiginosa del precio de la gasolina en las gasolineras.

Aunque muy debilitados y de forma duradera por los bombardeos masivos que han sufrido, los iraníes no han cedido, sino todo lo contrario. Se ha asistido a una escalada que se asemeja mucho a una huida hacia adelante. Los movimientos militares estadounidense-israelíes, las declaraciones contradictorias de la Casa Blanca, la continuación de los ataques iraníes, la desestabilización de los mercados energéticos, el anuncio de una invasión terrestre (¿fuerzas especiales?), dibujan un escenario cuyas consecuencias nadie puede prever, pero que evoca las «crisis del petróleo» de 1974 y 1979: crisis económica y financiera, recesión mundial.

Estados Unidos, que esperaba una victoria relámpago, ya no sabe cómo salir de este embrollo. Los iraníes, que se suponía que se derrumbarían en pocos días, llevan la iniciativa en todos los ámbitos. El balance de la operación «Epic Fury» es un desastre.

¿Cómo se ha llegado a esto?

Y, ante todo, ¿por qué esta guerra? ¿Una «amenaza inminente» que justifique una guerra preventiva? ¿Cuál? ¿La amenaza nuclear? Hace ya casi cuarenta años que Israel anuncia cada año que Irán dispondrá de la bomba atómica «en unos meses», lo que ha acabado suscitando el mismo escepticismo que las «armas de destrucción masiva» atribuidas al régimen de Sadam Husein. Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, informó el 18 de marzo de que Irán no ha reanudado sus actividades de enriquecimiento nuclear, destruidas en junio de 2025. El mismo Trump había proclamado entonces que el programa nuclear iraní había sido «totalmente aniquilado». Rafael Grossi, director de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), confirmó por su parte que no existía ninguna amenaza iraní inmediata en este ámbito.

¿Por qué se ha embarcado Trump en esta aventura, que la actualidad del momento no justificaba, mostrando una falta de preparación que ha dejado estupefactos a todos los observadores militares serios? ¿Por qué ha decidido, a pocos meses de las elecciones de mitad de mandato (midterms), correr el riesgo de causar descontento entre su base electoral, que no quiere una guerra así, y que la inmensa mayoría de los estadounidenses también condena? Marco Rubio dio sin duda la respuesta al insinuar que Trump cedió a las presiones israelíes que le ejerció Benjamin Netanyahu el 11 de febrero en Washington. Pero eso solo desplaza el problema: ¿por qué cedió?

El 17 de marzo, la inesperada dimisión de Joe Kent, director del Centro Nacional de Lucha contra el Terrorismo, causó un gran revuelo. En su carta de dimisión dirigida a Trump, escribía: «No puedo, en conciencia, apoyar la guerra en curso contra Irán. Irán no representaba una amenaza inminente para nuestra nación y está claro que hemos desencadenado esta guerra bajo la presión de Israel y de su poderoso lobby estadounidense».

La guerra comenzó, pues, el 28 de febrero, dos días antes de la fiesta de Purim (que conmemora la forma, narrada en el libro de Ester, en que los hebreos escaparon de una masacre planeada por los persas), con un asesinato selectivo (el líder supremo Alí Jamenei) y la muerte bajo las bombas de 165 escolares de entre 7 y 12 años (hijas de Guardianes de la Revolución), mientras se estaban llevando a cabo negociaciones entre iraníes y estadounidenses que, según el sultanato de Omán, estaban a punto de culminar con éxito («un acuerdo estaba al alcance de la mano»).

Mark Twain decía que «Dios creó la guerra para que los estadounidenses aprendieran geografía». Al parecer, aún no la han aprendido. Trump ha subestimado gravemente a sus adversarios. Ha subestimado el poder y la resistencia del nacionalismo iraní. Ha subestimado el poderío militar de Irán, su solidez organizativa y sus orientaciones estratégicas.

Irán no es Venezuela ni el Principado de Mónaco. Tampoco es un país árabe: los iraníes están más cerca étnicamente de los europeos que de los árabes, los turcos o los palestinos. Irán es un país de 90 millones de habitantes, tres veces más grande que Francia, dotado de una triple identidad (indo-iraní desde la Antigüedad, musulmana desde el siglo VII, moderna desde el siglo XIX), con una sociedad compleja, una clase universitaria de alto nivel (Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, asesinado el 17 de marzo por Israel, era especialista en Kant y Descartes), una amplia población de ingenieros (Irán forma a 230 000 cada año), una historia de tres mil años y unas dinámicas internas que escapan a la comprensión de la mayoría de los occidentales. Es, en Oriente Próximo, junto con Egipto y Turquía, el país que posee el patrimonio cultural más rico. Es también la tercera reserva mundial probada de petróleo y la segunda reserva mundial probada de gas. Por último, en términos geopolíticos, la meseta iraní constituye el territorio pivote esencial de la masa continental euroasiática.

Una guerra existencial

Al tener una visión puramente transaccional de las relaciones de poder, Trump no comprende que los iraníes libran contra él una guerra existencial (lo que no es el caso de los estadounidenses). No comprende su «irracional» negativa a capitular. No comprende que hay situaciones en las que cualquier acuerdo es imposible. No sabe que la doctrina del martirio está en el corazón del islam chií (200 millones de creyentes) desde la masacre de Kerbala en 680 y la muerte del imán Husein y sus compañeros, y que, a los ojos de los iraníes, Alí Jamenei tiene mucho más peso muerto que vivo.

Los bombardeos por sí solos no pueden permitir que los estadounidenses y los israelíes salgan victoriosos. Se necesitan tropas sobre el terreno, incluso cuando existe en el régimen objetivo una oposición sólidamente estructurada, lo cual no es el caso en Irán (ni hablemos de Reza Pahlavi, el hijo del antiguo dictador, auténtica marioneta del Mossad y de la CIA, que solo cuenta con apoyos dentro de la diáspora).

Los iraníes, por su parte, han comprendido perfectamente que no tienen los medios para enfrentarse directamente al poderío militar de Estados Unidos, aunque hayan asestado golpes devastadores a las bases estadounidenses de la región. Por lo tanto, adoptaron desde el principio una estrategia asimétrica consistente en atacar los puntos débiles de la economía y la producción energética, con ataques selectivos contra las infraestructuras de producción y almacenamiento de petróleo y gas de los países del Golfo. A ello se sumó el control del estrecho de Ormuz, que une el golfo Pérsico con el golfo de Omán, paso estratégico por el que transitan cada día 20 millones de barriles, es decir, el 20 % del petróleo mundial, así como el 20 % del gas licuado.

En guerra sin haberlo querido, las monarquías del Golfo (Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, incluido Dubái), que habían construido su modelo de prosperidad confiando en la protección de los estadounidenses, se encuentran desamparadas. Su garante de seguridad se ha convertido en una fuente de inseguridad, ya que la guerra amenaza también su modelo económico. Constatan con amargura que los estadounidenses no han hecho nada para protegerlos de los ataques iraníes, que estos apuntan a una infraestructura petrolera que es su única riqueza real, y que su imagen de paraíso turístico y financiero se ha visto gravemente dañada. Si la escalada continúa y se destruyen las plantas desalinizadoras de las que dependen sus poblaciones, estos países podrían incluso llegar a ser inhabitables.

La desaparición de facto del derecho internacional ha acarreado la de las leyes de la guerra. El asesinato selectivo de todos los miembros del aparato dirigente de un Estado soberano miembro de las Naciones Unidas, al inicio de una guerra que no ha sido declarada, de la que no se ha informado a ningún país aliado y que ni siquiera ha recibido la aprobación del Congreso (lo que la hace inconstitucional), no tiene precedentes. También constituye una violación flagrante de los Convenios de Ginebra de 1949, que establecen que «está prohibido matar, herir o capturar a un adversario recurriendo a la perfidia» (art. 39). La eliminación de cerca de un centenar de dirigentes militares y políticos iraníes, llevada a cabo por los israelíes gracias a la información proporcionada por el Mossad, fue espectacular, pero no tuvo el efecto esperado. Al día siguiente, ya habían sido sustituidos, y para cada uno de esos sustitutos, se habían fijado los nombres de los dos sucesores siguientes

La única consecuencia perceptible es que el control efectivo del régimen iraní ha pasado de manos de los mulás y los ayatolás a las de los Guardianes de la Revolución, que cuentan con su propio ejército y su propia economía y que mantienen una postura intransigente, ya que se declaran dispuestos a continuar la guerra todo el tiempo que sea necesario. Para ellos, no rendirse equivale a una victoria.

De hecho, los iraníes llevaban veinte años preparándose para un ataque de este tipo. Esto es lo que les ha permitido poner en marcha una «defensa en mosaico descentralizada», principio estratégico elaborado por Teherán tras los fracasos estadounidenses en Irak y Afganistán: los 31 centros de mando (uno por provincia) han sido dotados de capacidad armamentística y autonomía estratégica. En caso de un primer ataque que decapitara el mando central, todos los centros de mando pasarían a modo autónomo y seguirían luchando. Al mismo tiempo, las capacidades militares iraníes se han reforzado considerablemente, gracias sobre todo a misiles balísticos de precisión y drones perfeccionados.

Estrategia y táctica

Mao Zedong, en su libro sobre la guerra revolucionaria, escribía acertadamente que «la concepción según la cual una victoria estratégica solo se obtiene mediante victorias tácticas es errónea». Estados Unidos siempre ha confundido estrategia y táctica. Tiene una táctica, que consiste en una lista de objetivos a atacar, pero carece de estrategia, ya que no tiene la más mínima idea del «día siguiente», es decir, del tipo de paz que quiere instaurar. «No sabemos cómo traducir nuestros logros militares en acuerdos políticos», declaraba estos días Ami Ayalon, antiguo jefe de los servicios de inteligencia internos israelíes. Esa es la razón por la que, desde 1945, los estadounidenses no han ganado ninguna guerra. Y es también la razón por la que sus intervenciones en Afganistán, Siria, Irak y Libia no han traído «democracia» y «libertad», sino guerra civil y caos.

Otro defecto tradicional de los estadounidenses es creer que la superioridad militar y tecnológica confiere automáticamente la victoria. Eso es sencillamente falso. En el punto álgido de la guerra de Vietnam, el número de soldados estadounidenses desplegados sobre el terreno alcanzaba el medio millón, lo que no impidió su derrota.

El coste de la guerra con Irán es enorme. La potencia aérea estadounidense destaca contra grandes objetivos fijos, pero le cuesta neutralizar pequeñas unidades móviles. Derribar drones Shaheh de 20 000 dólares con misiles de 4 millones de dólares no es la mejor forma de ahorrar. Estados Unidos ha utilizado más interceptores Patriot en los tres primeros días de la guerra de los que ha suministrado a Ucrania en cuatro años de conflicto. Solo las dos primeras semanas de la guerra les han costado 12 000 millones de dólares. La Casa Blanca quiere ahora desbloquear 200 000 millones de dólares adicionales para apoyar su ofensiva. Mientras que a los israelíes les faltan soldados, a Estados Unidos le faltan municiones, misiles guiados y sistemas de defensa aérea (ya han retirado sistemas desplegados en Asia Oriental y han desviado armamento destinado a Ucrania).

Nacimiento de un eje antioccidental

Al lanzarse a una guerra sin justificación jurídica, sin una coalición sólida y sin objetivos alcanzables, Israel y Estados Unidos han abierto la caja de Pandora. Su decisión acentuará la multipolaridad del mundo y favorecerá la formación de un eje antioccidental orientado hacia China y Rusia. De dos cosas, una: o bien Donald Trump encuentra una salida honorable que le permita disfrazar su derrota de «gran victoria militar», pero es probable que, en tal caso, Israel quiera continuar la guerra, si no en Irán, al menos en el Líbano. O bien intentará aniquilar a un país heredero de una civilización de tres milenios, con todos los riesgos de escalada y estancamiento que ello conlleva. En ambos casos, existe un gran riesgo de que el caos se extienda por todo Oriente Próximo.

Por último, no olvidemos que, en este asunto, aunque el ataque contra Irán fue llevado a cabo conjuntamente por Israel y Estados Unidos, sus objetivos desde el principio no han sido los mismos. El plan inicial de Donald Trump era destruir el poderío militar iraní para luego alcanzar un acuerdo de paz, mientras que Netanyahu busca tanto un cambio de régimen como el desmembramiento de Irán, con el fin de asegurarse una hegemonía sin rival en Oriente Próximo. En otras palabras: Trump no descarta la paz, Netanyahu no la quiere. Solo quiere seguir bombardeando y matando. Por el momento, el Estado de Israel —que acaba de restablecer la pena de muerte exclusivamente para los palestinos— está preocupado por la formación de un eje Arabia Saudí-Turquía-Pakistán-Egipto que le sería hostil. El 1 de abril, Donald Trump amenazó con devolver a Irán «a la Edad de Piedra». La calma no parece que vaya a volver pronto a la región.

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