Calculo que ya todos saben lo que son las PASO. Lo que probablemente no sabemos, es para que se hacen, más allá del objetivo declarado de Internas abiertas y Obligatorias. Porque siempre detrás del objetivo declarado, este Sistema mimetiza oscuras intenciones. En este caso, los intereses parecen ser dos y no son patrimonio exclusivo de aquellos que algunos llaman Kirchnerismo.
En primer lugar, para que este Sistema tenga un sustento legítimo, la Democracia se debería practicar en todos los estamentos político-sindicales que confluyen en el Poder. Es decir y por solo dar un ejemplo, los partidos políticos debieran estar formal y legalmente establecidos, sus autoridades se deberían elegir por el voto de sus afiliados y obviamente sus candidatos a las elecciones nacionales en todos los niveles, debieran ser el final de un proceso de elección interna. Nada de eso sucede. Tenemos candidatos sin partidos, partidos sin autoridades ni afiliados y personas candidateadas a cargos públicos sin haber pasado por un proceso de elección interna. Por lo tanto, el primer objetivo de las mismas es LEGITIMAR a los partidos y consecuentemente a los candidatos, mediante un proceso pagado por todos los argentinos e involucrando a todos obligatoriamente en un proceso eleccionario que no elige....nada.
En segundo lugar, el objetivo no declarado y sostenido por el bipartidismo PJ-UCR que hace 30 años nos desgobierna, es evitar que en las verdaderas elecciones, la de octubre, PARTICIPEN aquellos partidos que están más lejos de los postulados dogmáticos del binomio gobernante, estén a la izquierda o a la derecha del Poder. Es probable que esa no participación en las elecciones legislativas impida además que estas pequeñas agrupaciones reciban dinero del Estado al no haber podido participar de las mismas, con lo cual se agrande la brecha entre los partidos con Poder y aquellos que desafían el mismo. Todo muy democrático.
Por último, dejemos claro que el único contra-ejemplo que podemos encontrar fue la elección de los candidatos del FPV en las últimas elecciones nacionales. Con los votos de CFK, Máximo y Zanini, la fórmula CFK-Boudou derrotó 3 a 0 a la formula integrada por....nadie.
Algunos a esto lo llaman Democracia.
domingo, 4 de agosto de 2013
viernes, 5 de abril de 2013
Quick Wins
Se denomina “quick wins” a aquellas acciones que un empleado, gerente o directivo recién nombrado puede concretar rápidamente para confirmar a aquellos que lo han designado que su elección ha sido la correcta. Análogamente y yendo a la política, serían obras y/o medidas de gobierno que se pueden realizar en un plazo corto, con mínimo esfuerzo (o aún con máximo esfuerzo) para, en este caso, satisfacer a aquellos que los han votado.
Teniendo en cuenta que los políticos son electos por un período determinado y que la política se ha convertido hoy en una auténtica profesión (ver Nota 1), esta tendencia a apostar a los “quick wins” se multiplica de manera alarmante, con consecuencias negativas en un porcentaje cada vez más cercano al 100%.
En obvio que en un país con tantas posibilidades perdidas y con tantas necesidades insatisfechas que la Argentina podría tranquilamente no tener, es difícil para la gente de a pié escuchar a Macri decir en ocasión de las obras relacionadas al arroyo Maldonado, que las mismas iban a llevar años y que luego de finalizadas, dicho arroyo no traería más problemas. Esa vez Macri tuvo razón y los hechos lo ratificaron más de una vez.
Los “quick wins” son necesarios en un justo término. Un líder, de lo que fuese, los necesita para afirmar su reciente liderazgo de una manera rápida. Pero no son más que eso. Lo que en todo ámbito se necesita, son políticas a largo plazo, análisis de riesgos, planificación y ejecución.
Los patéticos partidos del Gran Buenos Aires están llenos de estos “quick wins”: asfalto en lugares sin cloacas ni tendido de gas natural, barrios en terrenos inundables y sin accesos decentes, millonarios festivales populares, escuelas sin maestros, policías con moderno equipamiento y sin preparación ni voluntad. Todo eso, remachado por carteles del estilo “Partido de Gral Cadorna. Gestión Juan Pérez” para coronar una de estas pedorras inauguraciones.
Debemos pensar planificar, analizar, ejecutar eficientemente. Aunque la gente se impaciente. Los “quick wins” no han demostrado ser solución para los problemas de los argentinos.
Nota 1. Salvo el caso de Luis Zamora, dirigente trotskista que luego de ser diputado se ganó la vida vendiendo libros, no hay otros casos notorios de políticos que tras su paso por la función pública se hayan reintegrado a la actividad privada sin relación directa con su función anterior.
Not gone with the water
Solía decir Jorge Luis Borges, que los peronistas no son buenos ni malos, sino incorregibles. Podría de esta manera la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, adscribir al movimiento creado por Perón, del cual parece alejarse cada día más.
Si han tenido la oportunidad de escuchar el discurso de CFK en Tecnópolis, minutos después de la inesperada (y para muchos incómoda) elección del Cardenal Bergoglio como Papa, vemos una CFK auténtica: frontal, soberbia e impetuosa, quizá, no sabemos, desbordada por la perturbadora noticia. Dándole consejos al Papa a distancia sobre como manejarse, es la Cristina que no nos sorprende. Su tropa respondió automáticamente atacando a Francisco I.
¿Qué pasó días después? CFK y su entorno fueron descubriendo que su posición no era redituable electoralmente, y por ende la cambiaron. Las teatrales lágrima de CFK en Roma dieron cuenta de ello pero, a pesar de la actuación, CFK es incorregible: intentó enseñarle al Papa como tomar mate, en un acto fallido que hasta provocó la hilaridad del vecino presidente Mujica.
Pasados algunos días, un desastre meteorológico golpeó con fuerza a Capital y Provincia de Buenos Aires. Mientras el desastre parecía circunscribirse a la Ciudad de Buenos Aires y tangencialmente a zonas del conurbano bonaerense y La Plata, el gobierno nacional, de la mano de la ausencia de su presidenta y de la palabra de sus principales espadas dialécticas trató, como de costumbre, de sacar tajada política (y por ende electoral) de la muerte y las desgracias ajenas (como si ellos gobernaran Islandia), atacando principalmente a Macri y luego a Scioli. Pero luego la tragedia escaló y se convirtió en un desastre que NO PODÍA ser utilizado políticamente. Rápidamente, la tropa K se alineó e intentaron mostrar preocupación por el desastre, principalmente en la ciudad de La Plata donde CFK, visitando justamente la zona de donde es oriunda, no pudo dejar de expresarle a la pobre gente que ella sabía lo que estaban pasando porque un día se le inundó a ella su casa....repitiendo conceptualmente lo mismo que les dijo a los familiares de las víctimas de Once, cuando les decía que dolor dolor, había tenido ella....
En medio de todo esto, emerge algo de lo cual el Gobierno carece a pesar que declama lo contrario: capacidad de GESTIÓN.
Gestión no es ver a Berni en un gomón rescatando ancianos o a CFK bajando de un helicóptero cerca del lugar de la tragedia.
Gestionar es tener equipos eficientes y eficaces, preparados para intervenir aunque el responsable esté escalando el Himalaya.
Gestionar es hablar con todos aquellos a los cuales queremos o no, para ayudar, colaborar o solicitar ayuda.
Gestionar es prevenir. Gestionar es hacer obras necesarias aunque no sean redituables políticamente.
Gestionar es dejar actuar a quienes SABEN. Y conducirlos.
viernes, 9 de noviembre de 2012
NO PASARÁN
Hace aproximadamente 20 años que no
participaba directamente de alguna actividad política, llámese
pintada, manifestación, acto, panfleteada o pelea. Ayer fue la
oportunidad de salir de un largo letargo. Más que una oportunidad,
fue una necesidad. O una obligación.
Como dijimos en un post anterior, la
propia inorganicidad de la manifestación del 13S fue la clave de su
éxito. Vista ayer desde adentro, la espontaneidad e individualidad
de cada uno de los participantes, sorprende. Cada uno con su
consigna, su cartel, su actitud, su derrotero. ¿Cómo atacarla desde
el gobierno salvo ninguneándola?
Los participantes eran (éramos)
claramente de la clase media, que es lo que está entre la clase alta
y la clase baja, definición de perogrullo. Pero había de todo.
Señora paqueta de Recoleta, matrimonio humilde de San Telmo. Todos
en perfecta comunión. Cordialidad, educación, moderación. Respeto.
Pocos improperios e insultos. Todos con un objetivo común: decirle
basta a CFK.
Me encontré con muchísimos conocidos.
El saludo con cada uno de ellos conllevaba la misma frase “Vine
porque ya no aguanto más”. Uno comprende y comparte.
Ví también (poco) algunas actitudes y algunos
comportamientos parecidos a las aciagas jornadas de 2001. La
protesta fue cordial pero en tensión. Es decir, vi miles de personas
que no se van a dejar avasallar por CFK. Sano. Todos en guardia.
Solos dos colores de veían. Ausentes
el negro y rojo sandinista, el multicolor de los andinos, el similar
de las comunidades gays y por supuesto el sucio trapo rojo (Rucci
dixit). Todo Celeste y Blanco.
Luego de la muerte de Néstor Kirchner,
de la mano de su viuda, tomó control del poder el grupo más
marxista, procedente tanto de Montoneros como de fracasadas
agrupaciones de izquierda: Zanini, Kunkel, Garré, Vertbisky, Abal
Medina, Conti, Sabatella, Larroque, Cabandié y una interminable
lista de aduladores e inútiles. Tomando prestado una frase de los
rojos españoles, desde este humilde blog le decimos: NO PASARÁN.
Les dejo algunas imágenes pintorescas
de la protesta.
lunes, 8 de octubre de 2012
¿Quien es el que miente?
Nuevamente esta semana leemos “la famosa frase”. La repiten todos con certeza, convencimiento. El interlocutor generalmente mira a los ojos a quien la expresa y asiente cerrando sus ojos, diciendo "seguro, yo también conozco la frase". Luego ingresan ambos en un estado de pureza tal que conmueve. Sus vidas empequeñecen a la de los Santos. El auditorio se conmueve ante estos personajes, alguno de los cuales que dejaremos piadosamente en el anonimato, lo más cerca que estuvieron de un libro fue buscando un número telefónico en las antiguas guías.
Quien nuevamente pronunció la frase de referencia, fue esta vez el parlanchin del Caribe, el inefable Hugo Chávez. Claro que con sus condimentos típicamente tropicales y socialistas del siglo XXI. Hugo dijo "Es lo que dice Goebbels, miente, miente, que algo queda". El aditamento del tiempo presente (dice Goebbels) le da un poco de color a la frase en boca del venezolano, porque no dudamos que Chávez sabe que Goebbels murió.
Pero
vayamos al fondo del asunto: ¿dijo eso Goebbels? Difícil tarea
tratar de demostrar que alguien NO dijo algo, cuando es mucho más
sencillo probar que efectivamente sí lo dijo. Y seamos honestos,
nadie o casi nadie, bajo la censura imperante en temas relativos al
III Reich, saldrá a defender la memoria de don Joseph. Pero a
nosotros siempre nos pareció rara la frase, como otras tantas
atribuídas a personas que ya no se pueden defender.Convengamos algo, Goebbels fue uno de los más inteligentes (sino el más) integrantes del gobierno de la Alemania nacionalsocialista. Su responsabilidad principal fue ser Ministro de Propaganda y Esclarecimiento Popular y, como la gente del gremio sabe, fue uno de los creadores de la propaganda política moderna. Así que pensar que como anticipo de su función dijera que la misma se iba a basar en mentir repetidamente para que algo falso se instalara como verdadero, parece improbable. Porque en el fondo, quienes repiten la frase dicen dos cosas: que una mentira repetida se convierte en verdad, y que Goebbels lo hacía.
Ahora bien, ¿cuando lo dijo Goebbels?. Buscamos meses, consultamos a especialistas. Alguna vez esperamos que alguien, repitiendo la frase, diera con el origen de la misma. Nada. Ni en un libro, ni en un discurso, ni alguien haciendo pública una conversación privada. Y eso que Goebbels habló, y mucho.
Obviamente que me llamó mi amigo el Tano, bruto pero no bobo y me dijo: "gugleala, si no está en gugle, no esiste". Y así fue, y tampoco apareció el origen de la frase, solo los miles de repetidores que la usan, casi a diario.
Sí encontramos sitios donde casi afirman que la frase no fue pronunciada por Goebbels o, sencillamente, no han podido encontrar el origen de la misma (http://bytwerk.com/gpa/falsenaziquotations.htm)
.Finalmente, otra información que nos alcanzó el Tano de su amplia bibliografía, fue una frase pronunciada por el susodicho Goebbels en el marco de una conferencia dictada en 1934 a la gente del Ministerio de Propaganda sobre el tema "Qué es la propaganda política". En esa conferencia está registrado que habló de los recursos habituales de los medios y, refiriéndose a la prensa de la República de Weimar, dijo textualmente: "una mentira, repetida mil veces, al final termina siendo una verdad". (Eine tausendmal wiederholte Lüge endet als Wahrheit). Pero lo dijo en un sentido absolutamente técnico para explicar, más que nada, el funcionamiento de los que hoy se llaman "operativos de prensa".
Pero Google nos dió más información. En el mismo año, durante el congreso partidario realizado en Nüremberg, Goebbels expresó: "Toda propaganda tiene una orientación. La calidad de esta orientación determina si la propaganda tiene un efecto positivo o negativo. La buena propaganda no necesita mentir; de hecho, no debe mentir. No tiene ninguna razón para temer a la verdad. Es un error creer que la gente no soporta la verdad. La soporta. Es solo cuestión de presentar esa verdad a la gente de un modo que la pueda entender. Una propaganda que miente demuestra que está al servicio de una mala causa. No puede tener éxito en el largo plazo". (Cf.http://www.calvin.edu/academic/cas/gpa/goeb59.htm (en inglés) Consultado el 08/10/2012).
Más. Por ejemplo, después de someter a la figura de Goebbels a un análisis muy crítico, el historiador Helmut Heiber del actual Institut für Zeitgeschichte (Instituto de Historia Contemporánea) de Munich no pudo menos que reconocer en 1982: ". . . consecuentemente, Goebbels fue capaz de jactarse que su política informativa era no solo superior a la del enemigo en su carácter monolítico sino también poseedora de una «seriedad y credibilidad» que simplemente «no podía ser superada». La jactancia pudo ser hecha con alguna justificación: considerando el largo plazo, Goebbels afirmaba que la mejor propaganda es aquella que se halla exclusivamente al servicio de la verdad. Las verdaderas mentiras de Goebbels, sus mentiras conscientes, siempre se refirieron a meros detalles . . . Las mentiras de Goebbels fueron más de la naturaleza de esos equívocos y evasivas con las cuales los voceros de los gobiernos de todo el mundo buscan «proteger» el «interés nacional»." (Helmut Heiber, "Goebbels", Berlin, 1982).
Para finalizar, el historiador francés Jacques Ellul, en su ya clásico estudio "Propaganda" escribió: "Subsiste el problema de la reputación de Goebbels. La propaganda anglosajona le adjudicó el título de Gran Mentiroso a pesar de que Goebbels nunca dejó de batallar para que la propaganda fuese lo más exacta posible. Prefirió aparecer como cínico y brutal antes de ser atrapado en una mentira. Constantemente repetía: «todo el mundo debe saber cual es la situación». Fue siempre el primero en anunciar eventos desastrosos o situaciones difíciles sin ocultar nada. El resultado fue la opinión general que los comunicados alemanes de entre 1939 y 1942 fueron, no solo más concisos, más claros y menos enmarañados, sino también más veraces que los comunicados de los Aliados. Todo esto es tan cierto que el adjudicarle a Goebbels el título de Gran Mentiroso debe ser considerado como un éxito considerable de la propaganda aliada." (Jacques Ellul, "Propagandes", 1962. Nueva edición, Paris, Économica, 1990. En inglés "Propaganda. The formation of men's attitudes", New York 1965. Nueva edición en Random House, ISBN 0394718747).
No creemos haber llegado a un punto final sobre esta frase, pero al menos sabemos que nadie ha podido afirmar que Goebbels efectivamente lo ha dicho.
Lo curioso es que, mientras la cultura periodística continúa repitiendo como un apotegma aquello de "miente, miente que algo quedará" adjudicada a Goebbels, la historiografía académica hace rato que abandonó el mito. Algo que los medios masivos prefieren ignorar, por supuesto.
Pero sí, tangencialmente, hemos podido comprobar algo: la frase es malditamente VERDADERA. Y su propia existencia es la prueba de su veracidad. Repetida mil veces, la gente cree que Goebbels realmente la ha dicho. Quizás, el lector interesado, podrá urgar e investigar sobre que otros falaces temas, a causa de su eterna repetición, se instalan en el inconsciente de las personas como verdaderos.
lunes, 17 de septiembre de 2012
Malditas cacerolas
La reacción oficial ante la concurrida movilización de parte de la ciudadanìa en las grandes ciudades sorprende por su torpeza. Pareciera que compitieran para ver quien dice la gansada más notable, aunque el jefe de Gabinete se destaca claramente. No se las voy a repetir porque las habrán leído en los medios. Sin embargo, es notable remarcar dos cosas.
En primer lugar, la marcha descolocó, molestó. Y cosa rara en un unicato como el de CFK, las reacciones fueron de matriz diversa. Las hubo sorprendidas y preocupadas, las hubo marcadamente peyorativas, las hubo descolocadas.
En segundo lugar, la real dimensión de la incomodidad del Gobierno lo marca que la marcha opositora los llevó a jugar en un terreno que no pueden manejar ‘a piacere’. Es decir, para aclarar, al Gobierno le hubiera resultado infinitamente más cómodo que esta oposición se encolumnara detrás de organizaciones políticas y sociales opositoras a las cuales manejan sin ningún tipo de problemas. Al ser cuasi anárquica y no reconocer liderazgos, le es casi imposible enfrentarla de manera eficiente porque la mayoría de sus reclamos son justos y evidentes. Por eso les piden a los “caceroleros”: “participen desde los partidos políticos”. Claro, de esa manera es más fácil, casi trivial, dominarlos.
De manera casi análoga, la guerrilla mediante sus organizaciones de superficie (generalmente de Derechos Humanos) décadas atrás, le indicaban a las fuerzas de seguridad cual era la forma de combatirlas para de esa manera llevarlas a un terreno donde la guerra podría ser ganada por ellos.
Hoy pasa lo mismo. Dentro de las estructuras partidarias es poco lo que se puede hacer para vencer al Frente para la Victoria, dada la estructura y los recursos con los que cuentan. Fuera de este esquema, la marcha de la semana pasada molestó. Y mucho.
Que se repita.
En primer lugar, la marcha descolocó, molestó. Y cosa rara en un unicato como el de CFK, las reacciones fueron de matriz diversa. Las hubo sorprendidas y preocupadas, las hubo marcadamente peyorativas, las hubo descolocadas.
En segundo lugar, la real dimensión de la incomodidad del Gobierno lo marca que la marcha opositora los llevó a jugar en un terreno que no pueden manejar ‘a piacere’. Es decir, para aclarar, al Gobierno le hubiera resultado infinitamente más cómodo que esta oposición se encolumnara detrás de organizaciones políticas y sociales opositoras a las cuales manejan sin ningún tipo de problemas. Al ser cuasi anárquica y no reconocer liderazgos, le es casi imposible enfrentarla de manera eficiente porque la mayoría de sus reclamos son justos y evidentes. Por eso les piden a los “caceroleros”: “participen desde los partidos políticos”. Claro, de esa manera es más fácil, casi trivial, dominarlos.
De manera casi análoga, la guerrilla mediante sus organizaciones de superficie (generalmente de Derechos Humanos) décadas atrás, le indicaban a las fuerzas de seguridad cual era la forma de combatirlas para de esa manera llevarlas a un terreno donde la guerra podría ser ganada por ellos.
Hoy pasa lo mismo. Dentro de las estructuras partidarias es poco lo que se puede hacer para vencer al Frente para la Victoria, dada la estructura y los recursos con los que cuentan. Fuera de este esquema, la marcha de la semana pasada molestó. Y mucho.
Que se repita.
viernes, 8 de junio de 2012
Especie en extinción
Estoy tan de acuerdo que no agrego ni una coma ni un comentario....
Existe una nueva patología mental – es decir, perdón, una nueva tendencia intelectual – en Occidente según la cual no solamente está prohibido tener identidad cultural propia sino que, además, está vedado ser patriota, creyente en materia de religión, o descreído de unas cuantas historias de la Historia Oficial. Esto último – lo de dudar de algunas historias de la Historia Oficial – en algunos países ya está hasta taxativamente penado por la ley. Me preguntarán ustedes cuál es la novedad. Todo eso lo tenemos desde hace rato. No es nada nuevo. Por supuesto que no. Pero tengo fuertes motivos para sospechar que ahora viene otra vuelta de tuerca. La novedad está en que no solamente estará terminantemente vedado todo lo que pueda oponerse, o poner en peligro, la gris medianía, el oscilante relativismo y el despreocupado permisivismo del dogma actual. La nueva tendencia prohibirá incluso la manifestación de cualquier opinión concreta y categórica. Por supuesto que los grandes voceros del sistema – que son los intelectuales con pasaporte de tolerancia y visa de Derechos Humanos – todavía no lo están formulando en estos términos tan claros. Pero es lo que se viene. O lo que ya llegó pero todavía le falta un poco de promoción.
Todos sabemos que el Diccionario de Expresiones Políticamente Correctas de la Academia Orweliana de la Neolengua ha sustituido muchas antiguas, obsoletas, ofensivas e intergiversables expresiones por otras mucho más inocuas y sobre todo "neutrales". Porque eso es lo que importa: ser neutral. Aunque eso de "neutral" no es más que admitir que no se tiene lo que hay que tener para decir lo que se piensa y por eso – por las dudas, cosa de quedar bien con todo el mundo – uno huye despavorido de los extremos, le apunta al medio y listo. La cuestión es que todos aprendimos que ya no se dice "ciego" sino "no vidente". Tampoco se dice "negro" sino "de color" – sin especificar cuál color y haciendo cuidadosa abstracción del blanco que, créanmelo o no, ha dejado de ser un color orwelianamente admitido. Toda una familia de palabras que otrora servían para señalar alguna limitación física específica han quedado metidas dentro del concepto elástico de "discapacitad" que, de tan elástico que es, nadie sabe qué significa exactamente. En América ya no quedan "indios" ahora solo hay "pueblos originarios". Tampoco quedan "gordos" sino "personas excedidas de peso"; con la importante salvedad que las "gordas" pasaron a ser "mujeres con apenas unos kilitos de más". Tampoco hay más "desgracias"; ahora todos los infortunios son "flagelos que nos azotan", pero no especialmente a los "pobres" sino a los "carenciados". A los molestos ya no se los "ignora"; se los "ningunea". Y así sucesivamente…
Un amigo mío sostiene que en lugar de "petiso" ahora hay que decir "verticalmente encogido", en lugar de "pelado" hay que decir "cranealmente depilado" y un "cadáver" no es más que un "cuerpo vitalmente carenciado". Aunque creo que exagera. Pero, sea como fuere, la nueva corriente intelectual no se refiere a esto. La metáfora de la dulcificación de la gravedad ya está instalada. Lo que ahora viene es la metaforización relativizadora de lo concreto, de lo riguroso. En general, la nueva tendencia intelectual eliminará de raíz todo lo que tenga un carácter preciso; todo lo que esté claramente marcado; todo lo destacado y todo lo destacable. No se aceptará nada que tenga una identidad netamente definida. Solamente se tolerarán expresiones referidas a identidades híbridas, a características heterogéneas en proporciones indeterminadas, a cosas que son pero que quizás podrían no ser, a fenómenos que no son ni una cosa ni la otra. Solamente se tolerarán las opiniones que empiezan con ". . . y. . . no sé, nunca es bueno generalizar, pero quizás. . .". Lo bueno y lo malo; lo claro y lo oscuro, se eliminan. Toda cosmovisión referida a puntos de vista concretos quedará relegada la categoría de las teorías reaccionarias, fascistas, superadas y perimidas.
Me preguntarán ustedes de dónde saco todo esto. Pues, de lo que me rodea. De lo que veo y oigo todos los días. Un periodista que conozco acaba de quedarse sin trabajo. Él dice que no sabe por qué lo echaron, pero yo sí. Revolviendo entre mis papeles, encontré una nota que le encargaron en la que se atrevió a escribir: "El público que colmaba la sala estalló en fuertes aplausos". Me juego a que lo crucificaron por falta de objetividad. Apuesto a que, según sus censores, la frase es tendenciosa porque transmite una precisión incorrecta. No tiene en cuenta a quienes quizás no aplaudieron. Por lo tanto discrimina. Además, no indica la capacidad de la sala ni la cantidad de espectadores, por lo tanto es improcedente afirmar que se hallaba "colmada". Por otro lado, lo de "fuerte" es totalmente subjetivo. ¿Cuándo es "fuerte" un aplauso? ¿Acaso alguien midió con un decibelímetro el nivel sonoro de ese aplauso? Y aun si lo hubiera medido, ¿a partir de qué valor se puede considerar que el aplauso es "fuerte"? Para peor, un público no "estalla". Si realmente hubiera estallado estarían todos muertos por obra y gracia de algún fundamentalista forrado en gelinita; la noticia correspondería a la sección de terrorismo internacional y no a la de cultura. Todas estas fallas garrafales tuvieron que resultar, por supuesto, inaceptables para una publicación que blasonaba de independiente, imparcial y objetiva. De aquí en más, el principio básico que debe regir cualquier manifestación será el de "todo es relativo", debiendo quedar meridianamente claro que "la única verdad absoluta es que toda verdad es relativa". Y ante cualquier propuesta, la primer pregunta que obligatoriamente hay que hacer es la de "¿. . . y quién va a decidir si . . .? Porque, según la nueva tendencia, no importa qué se decide, ni tampoco con qué criterio se decide. Lo que importa es saber quién decide.
Si decide alguien votado por la mayoría, es aceptable. Si lo hace un correligionario estará bien. Si decide un amigo, mucho mejor. Y si decide una asamblea convocada ad hoc, pues muchísimo mejor. Todo lo demás, contrario sensu, está mal. O mejor dicho: es opinable. En todo caso, la consigna es amontonar, mezclar, apelotonar todo: razas, etnias, idiomas, religiones, costumbres, estilos, culturas, creencias, opiniones, deseos, pretensiones. Todo. Porque, claro, si todo está tan entreverado y enredado que resulta imposible determinar de qué cuernos se trata, entonces ya no importará quién va a decidir lo que fuere. Porque no habrá ninguna necesidad de decidir. En un caos total es perfectamente inútil tomar decisiones. Por lo que el caos aceptará cualquier decisión tomada por fuera del caos. Seguramente ahí está el secreto. La cuestión es que, en materia de opiniones concretas, ya estamos muy avanzados en la nueva tendencia.
Hace unos días me encontré con un viejo amigo mío. El hombre es un clásico facsímil del intelectual liberal de izquierda: barba, anteojos, portando la última edición de "Las palabras y las cosas" de Foucault junto al Página12 del día y todo eso. Bueno, está bien, no es un ejemplar demasiado representativo de mi círculo habitual de amistades, pero nos conocemos desde la adolescencia, desde la época en que él se entusiasmaba con Sartre y yo por todo lo contrario. Lo aprecio porque es un buen tipo en el fondo y, de última, que tire la primer piedra el que no tenga a un sujeto parecido entre sus amigos. La cuestión es que fuimos a almorzar y, como cada uno conoce las cosquillas del otro, tenemos el acuerdo tácito de evitar por todos los medios cualquier tema político. De modo que la conversación, después de girar alrededor de bueyes perdidos y de conocidos comunes, terminó desembocando en literatura. Y como Michel Foucault me sonreía impertérrito desde la tapa de su libro, se me ocurrió preguntarle: — ¿Cuál el mejor libro de Foucault, en tu opinión? — Bueno. . . – empezó a titubear mi amigo – en realidad no se puede hacer un juicio de valor categórico sobre eso . . . hay quien dice que lo mejor que escribió fue su "Historia de la sexualidad", otros valoran más éste "Las palabras y las cosas"; pero, por otra parte . . . también hay partidarios de "La arqueología del saber". . . Todo depende del punto de vista y . . . Después de cinco minutos de perorata en estos y similares términos, mis nervios empezaron a traicionarme: — Está bien, está bien. . . – lo interrumpí – pero lo que yo quisiera saber de una maldita vez por todas es TU opinión sobre cuál es su mejor libro. Y no tengas miedo. No hay que fusilar a nadie que no esté de acuerdo. No hay que hacer forzosamente un Holocausto con quienes se opongan. Nadie va a ir a parar a un campo de concentración por disentir. Tu opinión no va a provocar ninguna catástrofe. Hasta te doy mi palabra de honor que no la voy a discutir. Solo quiero conocerla, nada más. — Bueno, puesto en esos términos, si uno considera la evolución del pensamiento de Foucault a lo largo de su obra . . . Llegamos a los postres, pagué la cuenta y nos despedimos con un abrazo.
Hasta el día de hoy no sé cuál es, en opinión de mi amigo, la mejor obra de Foucault. En realidad, no es que Foucault me importe demasiado. No es santo de mi devoción ni mucho menos. Pero la opinión de mi amigo me hubiera interesado. Lo que sucedió es que cometí el imperdonable error de pasar por alto que mi amigo es un típico producto salido de la línea de montaje de nuestra actual Facultad de Filosofía y Letras. No tiene opinión propia. Solo es una enciclopedia más o menos ilustrada de los dichos de otros; un alumno de profesores que, a su vez, tampoco se animaron a manifestar una opinión categórica y concreta sobre sea cual haya sido el tema a tratar porque, de haberlo hecho, se hubieran quedado sin cátedra. Suponiendo que hayan tenido una opinión propia formada en absoluto. La verdad es que le tengo un poco de aprensión al futuro. Mi nombre es Denes Martos. Blanco, católico, masculino, heterosexual, casado hace 43 años con la misma extraordinaria mujer, padre de dos buenos hijos; orgulloso de mi familia, de mi nacionalidad y apasionado por mi cultura. Estoy empezando a sentirme miembro de una especie en vías de extinción.
Denes Martos 07 Junio 2012
http://www.denesmartos.com.ar
Existe una nueva patología mental – es decir, perdón, una nueva tendencia intelectual – en Occidente según la cual no solamente está prohibido tener identidad cultural propia sino que, además, está vedado ser patriota, creyente en materia de religión, o descreído de unas cuantas historias de la Historia Oficial. Esto último – lo de dudar de algunas historias de la Historia Oficial – en algunos países ya está hasta taxativamente penado por la ley. Me preguntarán ustedes cuál es la novedad. Todo eso lo tenemos desde hace rato. No es nada nuevo. Por supuesto que no. Pero tengo fuertes motivos para sospechar que ahora viene otra vuelta de tuerca. La novedad está en que no solamente estará terminantemente vedado todo lo que pueda oponerse, o poner en peligro, la gris medianía, el oscilante relativismo y el despreocupado permisivismo del dogma actual. La nueva tendencia prohibirá incluso la manifestación de cualquier opinión concreta y categórica. Por supuesto que los grandes voceros del sistema – que son los intelectuales con pasaporte de tolerancia y visa de Derechos Humanos – todavía no lo están formulando en estos términos tan claros. Pero es lo que se viene. O lo que ya llegó pero todavía le falta un poco de promoción.
Todos sabemos que el Diccionario de Expresiones Políticamente Correctas de la Academia Orweliana de la Neolengua ha sustituido muchas antiguas, obsoletas, ofensivas e intergiversables expresiones por otras mucho más inocuas y sobre todo "neutrales". Porque eso es lo que importa: ser neutral. Aunque eso de "neutral" no es más que admitir que no se tiene lo que hay que tener para decir lo que se piensa y por eso – por las dudas, cosa de quedar bien con todo el mundo – uno huye despavorido de los extremos, le apunta al medio y listo. La cuestión es que todos aprendimos que ya no se dice "ciego" sino "no vidente". Tampoco se dice "negro" sino "de color" – sin especificar cuál color y haciendo cuidadosa abstracción del blanco que, créanmelo o no, ha dejado de ser un color orwelianamente admitido. Toda una familia de palabras que otrora servían para señalar alguna limitación física específica han quedado metidas dentro del concepto elástico de "discapacitad" que, de tan elástico que es, nadie sabe qué significa exactamente. En América ya no quedan "indios" ahora solo hay "pueblos originarios". Tampoco quedan "gordos" sino "personas excedidas de peso"; con la importante salvedad que las "gordas" pasaron a ser "mujeres con apenas unos kilitos de más". Tampoco hay más "desgracias"; ahora todos los infortunios son "flagelos que nos azotan", pero no especialmente a los "pobres" sino a los "carenciados". A los molestos ya no se los "ignora"; se los "ningunea". Y así sucesivamente…
Un amigo mío sostiene que en lugar de "petiso" ahora hay que decir "verticalmente encogido", en lugar de "pelado" hay que decir "cranealmente depilado" y un "cadáver" no es más que un "cuerpo vitalmente carenciado". Aunque creo que exagera. Pero, sea como fuere, la nueva corriente intelectual no se refiere a esto. La metáfora de la dulcificación de la gravedad ya está instalada. Lo que ahora viene es la metaforización relativizadora de lo concreto, de lo riguroso. En general, la nueva tendencia intelectual eliminará de raíz todo lo que tenga un carácter preciso; todo lo que esté claramente marcado; todo lo destacado y todo lo destacable. No se aceptará nada que tenga una identidad netamente definida. Solamente se tolerarán expresiones referidas a identidades híbridas, a características heterogéneas en proporciones indeterminadas, a cosas que son pero que quizás podrían no ser, a fenómenos que no son ni una cosa ni la otra. Solamente se tolerarán las opiniones que empiezan con ". . . y. . . no sé, nunca es bueno generalizar, pero quizás. . .". Lo bueno y lo malo; lo claro y lo oscuro, se eliminan. Toda cosmovisión referida a puntos de vista concretos quedará relegada la categoría de las teorías reaccionarias, fascistas, superadas y perimidas.
Me preguntarán ustedes de dónde saco todo esto. Pues, de lo que me rodea. De lo que veo y oigo todos los días. Un periodista que conozco acaba de quedarse sin trabajo. Él dice que no sabe por qué lo echaron, pero yo sí. Revolviendo entre mis papeles, encontré una nota que le encargaron en la que se atrevió a escribir: "El público que colmaba la sala estalló en fuertes aplausos". Me juego a que lo crucificaron por falta de objetividad. Apuesto a que, según sus censores, la frase es tendenciosa porque transmite una precisión incorrecta. No tiene en cuenta a quienes quizás no aplaudieron. Por lo tanto discrimina. Además, no indica la capacidad de la sala ni la cantidad de espectadores, por lo tanto es improcedente afirmar que se hallaba "colmada". Por otro lado, lo de "fuerte" es totalmente subjetivo. ¿Cuándo es "fuerte" un aplauso? ¿Acaso alguien midió con un decibelímetro el nivel sonoro de ese aplauso? Y aun si lo hubiera medido, ¿a partir de qué valor se puede considerar que el aplauso es "fuerte"? Para peor, un público no "estalla". Si realmente hubiera estallado estarían todos muertos por obra y gracia de algún fundamentalista forrado en gelinita; la noticia correspondería a la sección de terrorismo internacional y no a la de cultura. Todas estas fallas garrafales tuvieron que resultar, por supuesto, inaceptables para una publicación que blasonaba de independiente, imparcial y objetiva. De aquí en más, el principio básico que debe regir cualquier manifestación será el de "todo es relativo", debiendo quedar meridianamente claro que "la única verdad absoluta es que toda verdad es relativa". Y ante cualquier propuesta, la primer pregunta que obligatoriamente hay que hacer es la de "¿. . . y quién va a decidir si . . .? Porque, según la nueva tendencia, no importa qué se decide, ni tampoco con qué criterio se decide. Lo que importa es saber quién decide.
Si decide alguien votado por la mayoría, es aceptable. Si lo hace un correligionario estará bien. Si decide un amigo, mucho mejor. Y si decide una asamblea convocada ad hoc, pues muchísimo mejor. Todo lo demás, contrario sensu, está mal. O mejor dicho: es opinable. En todo caso, la consigna es amontonar, mezclar, apelotonar todo: razas, etnias, idiomas, religiones, costumbres, estilos, culturas, creencias, opiniones, deseos, pretensiones. Todo. Porque, claro, si todo está tan entreverado y enredado que resulta imposible determinar de qué cuernos se trata, entonces ya no importará quién va a decidir lo que fuere. Porque no habrá ninguna necesidad de decidir. En un caos total es perfectamente inútil tomar decisiones. Por lo que el caos aceptará cualquier decisión tomada por fuera del caos. Seguramente ahí está el secreto. La cuestión es que, en materia de opiniones concretas, ya estamos muy avanzados en la nueva tendencia.
Hace unos días me encontré con un viejo amigo mío. El hombre es un clásico facsímil del intelectual liberal de izquierda: barba, anteojos, portando la última edición de "Las palabras y las cosas" de Foucault junto al Página12 del día y todo eso. Bueno, está bien, no es un ejemplar demasiado representativo de mi círculo habitual de amistades, pero nos conocemos desde la adolescencia, desde la época en que él se entusiasmaba con Sartre y yo por todo lo contrario. Lo aprecio porque es un buen tipo en el fondo y, de última, que tire la primer piedra el que no tenga a un sujeto parecido entre sus amigos. La cuestión es que fuimos a almorzar y, como cada uno conoce las cosquillas del otro, tenemos el acuerdo tácito de evitar por todos los medios cualquier tema político. De modo que la conversación, después de girar alrededor de bueyes perdidos y de conocidos comunes, terminó desembocando en literatura. Y como Michel Foucault me sonreía impertérrito desde la tapa de su libro, se me ocurrió preguntarle: — ¿Cuál el mejor libro de Foucault, en tu opinión? — Bueno. . . – empezó a titubear mi amigo – en realidad no se puede hacer un juicio de valor categórico sobre eso . . . hay quien dice que lo mejor que escribió fue su "Historia de la sexualidad", otros valoran más éste "Las palabras y las cosas"; pero, por otra parte . . . también hay partidarios de "La arqueología del saber". . . Todo depende del punto de vista y . . . Después de cinco minutos de perorata en estos y similares términos, mis nervios empezaron a traicionarme: — Está bien, está bien. . . – lo interrumpí – pero lo que yo quisiera saber de una maldita vez por todas es TU opinión sobre cuál es su mejor libro. Y no tengas miedo. No hay que fusilar a nadie que no esté de acuerdo. No hay que hacer forzosamente un Holocausto con quienes se opongan. Nadie va a ir a parar a un campo de concentración por disentir. Tu opinión no va a provocar ninguna catástrofe. Hasta te doy mi palabra de honor que no la voy a discutir. Solo quiero conocerla, nada más. — Bueno, puesto en esos términos, si uno considera la evolución del pensamiento de Foucault a lo largo de su obra . . . Llegamos a los postres, pagué la cuenta y nos despedimos con un abrazo.
Hasta el día de hoy no sé cuál es, en opinión de mi amigo, la mejor obra de Foucault. En realidad, no es que Foucault me importe demasiado. No es santo de mi devoción ni mucho menos. Pero la opinión de mi amigo me hubiera interesado. Lo que sucedió es que cometí el imperdonable error de pasar por alto que mi amigo es un típico producto salido de la línea de montaje de nuestra actual Facultad de Filosofía y Letras. No tiene opinión propia. Solo es una enciclopedia más o menos ilustrada de los dichos de otros; un alumno de profesores que, a su vez, tampoco se animaron a manifestar una opinión categórica y concreta sobre sea cual haya sido el tema a tratar porque, de haberlo hecho, se hubieran quedado sin cátedra. Suponiendo que hayan tenido una opinión propia formada en absoluto. La verdad es que le tengo un poco de aprensión al futuro. Mi nombre es Denes Martos. Blanco, católico, masculino, heterosexual, casado hace 43 años con la misma extraordinaria mujer, padre de dos buenos hijos; orgulloso de mi familia, de mi nacionalidad y apasionado por mi cultura. Estoy empezando a sentirme miembro de una especie en vías de extinción.
Denes Martos 07 Junio 2012
http://www.denesmartos.com.ar
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